La metáfora del progreso


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One of the most widely held preconceptions is that culture is progressive. “The progress of civilization” is a familiar phrase –almost a trite one. Simple or primitive people are labeled “unprogressive”. The implied picture is of a continuous moving forward and onward.

Alfred Kroeber

“Perder el tiempo”, “esgrimir un argumento” o “el crecimiento del país”, las expresiones metafóricas son abundantes y cotidianas, manifestándose en casi todos los ámbitos de lo que nos ocurre, configurando nuestra forma de pensar y de relacionarnos. Hoy en día se ha establecido una particular relación conceptual entre cultura, economía y ciertas orientaciones espaciales (adelante, atrás, arriba y abajo). Parece intuitivo pensar a naciones y grupos culturales como más o menos desarrollados según un único orden global denominado “progreso”. La metáfora del progreso está presente en los discursos que políticos y empresarios enarbolan para justificar sus posturas en los conflictos socioambientales, los cuales han aumentado en casi todos los puntos del planeta. Este artículo es un intento de visibilizar este fenómeno; comprenderlo para proponer salidas conceptuales que nos permitan pensar alternativas al desarrollo extractivista que configura los polos de nuestra actual economía mundial.

“Los amigos cercanos”, “los avances tecnológicos”, “la lucha contra la corrupción”, “perder el tiempo”, “vencer los obstáculos”, “el flagelo de la pobreza”, “el crecimiento del país”, “el quedarse atrás”…

Las expresiones metafóricas son abundantes y cotidianas. Lejos de tan solo ser un recurso creativo de la literatura, las metáforas se manifiestan probablemente en todos los ámbitos de lo que nos ocurre, pues constituyen esquemas conceptuales que estructuran nuestra forma de pensar y de comportarnos. Son, como indican Lakoff y Johnson (1986), un dispositivo cognitivo “universal”.

Estos autores son claros en señalar que, referidas a una discusión, expresiones como “esgrimir argumentos”, “defenderse de un oponente” o “ganar la discusión”, no son sólo formas de hablar, sino verbalizaciones que reflejan nuestra más profunda comprensión de los debates. Es decir, hablamos de las discusiones como si fueran guerras porque solemos entenderlas como tales y comportarnos en ellas en consecuencia. Por otro lado, estos autores puntualizan que, si bien las metáforas conceptuales son un dispositivo aparentemente universal, son particulares tanto los dominios que relacionan, como su forma de estructurarse y las expresiones a las que dan origen. Es decir, posiblemente todas las culturas –y lenguas– puedan entender metafóricamente las discusiones, pero no existe “necesidad universal” de que éstas deban asociarse a las guerras. O de que la relación entre ambos dominios (discusiones y guerras) deba establecerse de la misma manera que en Occidente. Aún más, Lakoff y Johnson (1986) sugieren que otros pueblos bien podrían entender las discusiones de otra forma, por ejemplo, como danzas, destacando el carácter altamente colaborativo de la interacción. De hecho, el pueblo kuna de Panamá, en las resoluciones de sus conflictos –a los que probablemente sería forzado llamar “discusiones”–, suele utilizar otros esquemas conceptuales: la noción de camino proyectada sobre las formas de vida y las normas sociales (Sherzer, 1992) y la postura del cuerpo proyectada a la integridad del espíritu (Sherzer, 2000). Otro ejemplo de metáfora conceptual cotidiana es el mapeo conceptual entre el tiempo y el dinero, que da origen a las expresiones “el tiempo es oro”, “pérdida de tiempo”, etc. Esta asociación es particular del mundo occidental y emerge con el mercantilismo, lo que remarca el carácter histórico de las metáforas conceptuales.

Hoy en día se ha establecido una particular relación conceptual, muy común e influyente, entre cultura, economía y ciertas orientaciones espaciales (adelante y atrás, arriba y abajo). Así, actualmente parece intuitivo pensar que las culturas están vinculadas de manera causal y mecánica a la economía de mercado, por lo que las naciones y los grupos culturales son entendidos como más o menos desarrollados según un único orden global denominado “progreso”. Adicionalmente, esta asociación es entendida mediante su supuesta ubicación en coordenadas espaciales, lo que origina la creencia de que las culturas están linealmente ordenadas: desde pueblos que han quedado “atrás” en la historia (“estancados en el pasado”, “rezagados en la carrera”) a otros que “encabezan” el “avance” del progreso.

Esta metáfora, expresada hasta aquí de manera laxa y general, puede ser enunciada como “La tecnificación y/o intensificación del capitalismo es movimiento continuo hacia adelante”, y puede ser mejor descrita como un complejo de distintos conceptos metafóricos y metonímicos. Para mayor claridad, cabe destacar que las metonimias son relaciones que se establecen al interior de un mismo dominio conceptual, a diferencia de las metáforas, que corresponden a relaciones entre dos dominios:

Metáforas estructurales:

Las culturas son elementos ordenados en una línea.

Las economías son elementos ordenados en una línea.

El cambio técnico y/o económico es movimiento en una línea.

La cultura es una economía.

Metáforas orientacionales básicas:

Más es arriba. / Menos es abajo.

Mejor es arriba. / Peor es abajo.

El Futuro es Adelante. / El Pasado es atrás.

Metáforas orientacionales derivadas:

La tecnificación es arriba/adelante. / La no tecnificación es abajo/atrás.

La intensificación del capitalismo es arriba/adelante. / La no intensificación del capitalismo es abajo/atrás.

Metonimias:

La intensificación del capitalismo es beneficio/ganancia. (=> oculta el hecho de que es beneficio para unos pocos).

La tecnificación es bienestar/comodidad. (=> oculta el hecho de que hay distintos tipos de técnica y distintos procesos de tecnificación, los que pueden generar beneficios y perjuicios para distintas personas).

Esta gran estructura metafórica-metonímica ha experimentado una fuerte naturalización, iniciada junto con el establecimiento desigual de las relaciones modernas coloniales, que suponen la subordinación del “Nuevo Mundo” y su cultura al orden impuesto por Europa (Dussel, 2004), lo que hace que las metáforas de la técnica entendida como avance y/o de la intensificación del capitalismo entendido como progreso suelan pasar desapercibidas. La primera modernidad, ataviada de la dicotomía entre civilización y barbarie, y luego la modernidad decimonónica, sustentada “científicamente” por las ideologías de lo que se conoce como el positivismo y evolucionismo social, terminaron por imponer una comprensión de la diversidad cultural como parte de un supuesto ordenamiento de evolución unilineal. En otras palabras, el siglo XIX fue sumamente exitoso en la consagración del reduccionismo: convirtió la diversidad cultural desconocida en lo “ya-conocido”, mediante la reducción de todas las manifestaciones culturales a una supuesta diferencia de “avance histórico”. De este modo, el siglo XIX no se conformó con controlar y explotar las colonias, sino que justificó la injusticia política y económica que se ejerció contra la multiplicidad de pueblos por “su distinto lugar en la línea del progreso histórico”.

Este proceso de naturalización de la idea de “progreso” es causa y consecuencia de la invisibilización de su carácter de metáfora –por ende, cultural e históricamente construida–, lo que la ha convertido en un elemento del paisaje moderno, es decir, en una “realidad” que se presupone y no se tematiza. Como consecuencia de este proceso, la noción naturalizada de progreso funciona como una garantía argumentativa (Anscombre y Ducrot, 1994), es decir, como un supuesto que permite obtener conclusiones a partir de alguna afirmación. Por ejemplo, a partir del enunciado “el instrumento X es una nueva tecnología de explotación de recursos naturales”, se seguirá la conclusión “es conveniente usar el instrumento X”. ¿Pero cómo se llega a dicha conclusión? ¿Qué la “garantiza”? Pues, el esquema conceptual metafórico ya comentado. En la práctica, la noción naturalizada y no problematizada de “progreso” garantiza la obtención de una serie de conclusiones en la vida cotidiana. En el caso comentado, a partir del enunciado “el instrumento X es una nueva tecnología de explotación de recursos naturales” y de las garantías “las nuevas tecnologías suponen progreso”, “el progreso es bueno”, “la explotación de recursos naturales supone un avance”, y “el avance es bueno”, resulta evidente obtener la conclusión “es conveniente usar el instrumento X”.

Para mayor claridad, aportamos un ejemplo localizado en la actual realidad de Chile, país centrado en expandir su matriz energética a costa de la destrucción de comunidades humanas y ecosistemas. Así, afirmaciones como “el sur de Chile es una zona de ríos con alto potencial energético” y “el aumento de la energía disponible permite aumentar la producción y el consumo” permiten, a partir de un esquema lineal de la economía y de la historia, desprender la afirmación: “es conveniente construir centrales hidroeléctricas y explotar la energía de esos ríos”. Las garantías “el progreso es un camino único” y “avanzar en la senda del progreso es bueno” están disponibles, por lo que la conclusión es inmediata: “las centrales hidroeléctricas contribuyen al progreso del país“, y si no son construidas “los ríos se pierdan en el mar”. En este contexto, las voces de los actores locales o grupos ciudadanos que se alzan en rechazo a esta noción unilateral de progreso son ignoradas por los tomadores de decisión, quienes poseen la profunda convicción de que el progreso es natural y, por ende, necesario.

Otro ejemplo es planteado por Lakoff (2004), esta vez en el plano de la política internacional, al referirse a la poca consciencia que se tiene de los esquemas conceptuales. De este modo, la noción de que existan países “en vías de desarrollo” derivaría de la metáfora estructural que supone a las naciones como personas, según la cual lo deseable para un adulto sería utilizar sus capacidades para actuar a favor de su propio interés, con el ánimo de llegar a ser “saludable”, “fuerte” y “autónomo”. Al nivel de los estados, este esquema conceptual se proyecta sobre el poder económico y militar, por lo que la industrialización es entendida “natural” u “orgánicamente” como aquellas acciones de crecimiento que le otorgarían al país un estado de adultez, mientras que el derroche de sus capacidades es entendido como acciones tendientes al subdesarrollo, lo que equivaldría a la infancia de las naciones o, en el mejor de los casos, a una situación de pubertad desde la cual la ‘persona-país’ requeriría orientación, amparo y disciplina.

¿Pero por qué las personas a veces se descubren a ellas mismas repitiendo o aceptando marcos conceptuales que no les satisfacen? Lakoff (2004) asocia esta repetición a la “hipocognición”, esto es, una forma común de “ignorancia”, que se define como la ausencia de una idea que es requerida para una función. En otras palabras, la hipocognición consiste en la falta de un marco conceptual relativamente simple que pueda ser evocado por una palabra o dos. El concepto en cuestión proviene de un estudio antropológico realizado por Bob Levy durante los años 50 en Tahití, que asoció el alto número de suicidios en la isla con la ausencia del luto como concepto en la cultural local. Los tahitianos sentían y experimentaban el duelo, pero no tenían un nombre ni una idea que pudieran utilizar para procesarlo como una emoción normal y tampoco existían rituales ni terapias asociadas a ella. En lo que concierne a este artículo, existe una forma de hipocognición actual masiva que juega a favor del conservadurismo: inclusive la mayoría de autodenominados “progresistas” (ya sea se trate de agrupaciones abocadas a la obtención de libertades civiles, a asuntos espirituales o antiautoritarios, a la lucha contra la desigualdad socioeconómica o la opresión de minorías, entre otros intereses) carece de un vocabulario propio desde el cual pensar un nuevo sentido común. Ignorar la necesidad de un nuevo marco conceptual común provoca que volvamos siempre al mismo marco hegemónico (en este caso, la “metáfora del progreso”). En definitiva, un paso necesario para construir un nuevo sentido común que cuestione la naturaleza y los usos del capitalismo sería la proactividad –que no mera reactividad– en el pensar. Esto es, hacernos conscientes de los marcos nocivos y crear nuevos marcos de pensamiento.

Mientras tanto, hoy por hoy, con todo y la caída del evolucionismo social, la modernidad postindustrial sigue haciendo uso de las mismas metáforas clásicas del progreso. Según éstas, las innovaciones tecnológicas y las desregulaciones capitalistas son entendidas como formas de “movimiento en el tiempo y espacio hacia adelante”, donde progreso y desarrollo son términos intercambiables. En esta comprensión, la tecnología es comprendida como un cúmulo de objetos cuantificables, los cuales aseguran el “éxito de la civilización” y el “bienestar de las personas”. Ingenuamente y de manera no verbalizada, claro, estas metáforas permiten presuponer que el bienestar es un logro para todos los miembros de la sociedad en cuestión, pero como acertadamente observó Jerry Mander (2004: 12): “esta ‘marea’ que sube no levanta todos los botes, sólo levanta los yates”.

En suma, el concepto mismo de progreso es un fenómeno cultural e histórico, bastante particular y reciente. Si bien puede parecernos extraño, la humanidad durante la mayor parte de la historia no ha estado imbuida de esta noción. Un mundo esencialmente conservador y una humanidad casi inmóvil eran las ideas que se daban por sentado, y si alguna forma de movimiento o alteración era concebida, muchas veces correspondía al deterioro desde las épocas de oro, el mundo prístino y divino cuya decadencia le tocaba ser vivida al ser humano (Kroeber, 1923). Hace algunos siglos, en cambio, a través de la figura del “orden lineal” y del “salto cualitativo hacia adelante”, la noción de decadencia –que, sin embargo, pervive– fue aplastada por la metáfora del progreso. Debido a este carácter construido, es conveniente desmitificar la metáfora del progreso, sacarla del mundo ilusorio de las leyes naturales donde ha intentado camuflarse y devolverla al espacio de los discursos que bregan por persuadirnos. Así, las metáforas no nos pueden garantizar un futuro mejor de manera irreflexiva: cabe, por el contrario, someterlas a análisis, especialmente cuando los comportamientos que ellas inspiran pueden producir hechos nocivos, que difícilmente podrían entenderse como beneficiosos o mejores, no al menos para la mayor parte de la humanidad.

Llegados a este punto, cabe destacar que una cosa es plantear el carácter histórico de la noción de progreso como avance, pero otra es proponer una alternativa. Para nosotros el valor de este artículo consiste en entender la tecnificación y el capitalismo tardío como fenómenos contingentes, que no existen por necesidad -no son ni “revelaciones” ni resultados inexorables de la historia-, lo que al menos sirve para vencer el miedo a superarlos. ¿Qué alternativas existen? Alentamos a diferenciar entre desarrollos alternativos (muchas veces medidas opioides para extender un capitalismo sin mayores cambios estructurales) de alternativas al desarrollo/progreso con verdaderos cambios de paradigmas y esquemas relacionales entre los humanos, otras especies que habitan el planeta, y la tierra misma (Gudynas y Acosta, 2011).

Por ahora, esbozamos una propuesta, fundada en las discusiones que la antropología sociocultural comenzó a dar hace 100 años. En la práctica, frente al marco fundado en la metáfora del progreso, requerimos un nuevo marco: no existe un único camino de la historia, sino múltiples. En otras palabras, la metáfora del progreso entendida como una única trayectoria lineal donde transitan todos los pueblos y culturas del mundo, unos delante de otros (es decir, iguales en el espacio pero distanciados por el tiempo), ha impedido concebir múltiples trayectorias donde los pueblos y las culturas transitan de manera simultánea, pero diferente (paralelas en el tiempo, pero separados en el espacio). Estas trayectorias múltiples no conforman un solo camino, sino redes con infinitas vías, algunas de las cuales tendrían trazos paralelos y otras, trazos que se intersectan. Ligado a esto, creemos imprescindible conocer y dialogar con las representaciones indígenas, que no observan la economía desligada de la política ni de la vida social. Más bien plantean un desarrollo a escala local, con soberanías locales respetuosas con otras especies no humanas y los ecosistemas que sustentan la vida actual y para futuras generaciones. Esta idea se corresponde con el “buen vivir”, base de los pueblos andinos y de otros pueblos del continente, que algunos países como Ecuador o Bolivia ya han señalado como pilar fundamental de sus constituciones.

Como hemos visto, las metáforas conceptuales no sólo son abundantes y cotidianas, sino que estructuran profundamente como pensamos y actuamos; de nosotros depende reconocerlas, cuestionarlas y vivir sus alternativas.

Por Nicolás Araneda, Rodrigo Becerra y Jens Benöhr

 

Referencias bibliográficas

Anscombre, J. – C. & Ducrot, O. (1994). La argumentación en la lengua. Madrid: Gredos.

Dussel, E. (2004). Transmodernidad e interculturalidad. Interpretaciones desde la Filosofía de la Liberación. Disponible en versión electrónica en: http://www.enriquedussel.com/articulos.html

Gudynas, E. y Acosta, A. (2011). El buen vivir o la disolución de la idea del progreso. En: Rojas, M. (Ed.). La medición del progreso y el bienestar. Propuestas desde América Latina (103-110). México DF: Foro Consultivo Científico y Tecnológico de México.

Kroeber, A. L. (1923). Anthropology: Culture Patterns & Processes. New York: Hartcourt.

Lakoff, G., Dean, H. & Hazen, D. (2004). Don’t Think of an Elephant!: Know Your Values and Frame the Debate. The Essential Guide for Progressives. Chelsea Green Publishing.

Lakoff, G. & Johnson, M. (1986). Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra.

Mander, J. (2004). Críticas a la Globalización Empresarial y Principios para Sociedades Sustentables. En: Larraín, S., Aedo, M. y Sepúlveda, L. (Eds.). Alternativas Vivientes: Experiencias y Propuestas Ciudadanas Frente a la Globalización (11-18). Santiago: Chile Sustentable.

Sherzer, J. (1992). Formas del habla kuna. Una perspectiva etnográfica. Quito: Ediciones Abya-Yala / MLAL Movimientos Laicos para América Latina.

Sherzer, J. (2000). Una aproximación a la lengua y a la cultura centrada en el discurso. Forma y Función (13: 31-54).

 

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